
Con mi estupefaciente personal, la coca-cola, y un par de kilos a la espalda en mi mochila azul cielo, me recorri todo Berlín en tan solo 40 minutos. Malditos trenes, tan puntuales, que no dan tiempo a uno ni a respirar. La sobrecarga de energía que me da la coca-cola era inhumana, y en el último vagón todo el mundo descansaba, pensando en llegar ya a su destino, menos yo. No quería llegar. Le pedía a Dios que hiciese que el trayecto se hiciera largo, y que el tiempo se parase. ¿Por qué? Quizá porque soy demasiado cobarde para irme adaptando a la realidad. Vivo aferrada a un sueño...¡Qué digo un sueño! Vivo aferrada a un maldito pensamiento que no sale de mi cabeza. A mi miedo. Aunque supongo que todo ser humano tiene un miedo, yo soy más de generalizar. Le tengo miedo a las abejas,a las medusas, a la oscuridad. Tengo miedo a las personas, aunque esto lo llevo muy bien ya que me he propuesto quitarme ese miedo conociendolas una a una. Le tengo miedo a los barcos, a suspender, le tengo miedo al tiempo,sí, al tiempo, y a la realidad y a la vida en sí. Tengo miedo de no saber hacer las cosas, de que me tomen por una tonta. Tengo miedo de no dar la talla, de no llegar a darlo todo de mi y que me quede en el camino. Tengo miedo a la soledad, a que se cansen de mi y me dejen tirada. Y sobre todo, me tengo miedo a mi misma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario