Ese día no tenía ganas de fiesta. Debajo de sus mejores galas y mil capas de maquillaje habia un cuerpo que pedia café y manta. Pedía tranquilidad y nadie se la daba. La vida se iba acumulando a las espaldas pese a no saber nada de ella y todo iba cada vez más lento, con más calma y aumentando la monotonía. Los fallos constantes provocaron en ella un vacío interno que no se podía llenar con nada, y la tristeza del desamor cada día de asentaba en mínimas porciones dentro de su mente.
Era frágil. Y todo el mundo se daba cuenta. Recalcaba la poca valentía que poseía en actos que no conducían a nada productivo y finalmente eso acabaría siendo un problema. El alma no debería aguantar ni la mitad de lo que ella aguantaba. Las inseguridades, fruto de su personalidad cobarde, resurgían con un pensamiento superficial y el innecesario egocentrismo que suponía vivir de esa manera. Y ahí acababa todo. Se resumía en un cúmulo de pensamientos que iban de sí misma hacia sí misma. Y no hay nada más duro que la autocrítica destructiva.
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