Mire hacia arriba, donde el humo del cigarro se condensaba en el techo de la habitación. Me miró, fijamente. Yo también le mire. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y él probó la última calada del cigarro en pocos segundos. Bajó la cabeza y cerró los ojos. De ellos también brotaban lágrimas.
- Te quiero - me dijo entre sollozos.
- Yo también - le susurré.
Sonrió, aunque se notaba que era una de sus sonrisas falsas, ¿de verdad creía que yo me iba a creer su patraña gestual? Intenté ignorarlo, pero todo estaba demasiado turbio en mi cabeza. Salí lento de la habitación, a rastras casi. No me creía nada. Yo le quería, y él a mi también, pero entonces, ¿de dónde salían las dudas?
Apoyé mi espalda en la pared, y me fui resbalando poco a poco hasta quedar sentada, con las rodillas en el pecho. Era curioso. El amor, que nunca me había importado tanto como para darle tantas vueltas en mi cabeza, ahora era capaz de hacerme pasar noches en vela, y, de incluso, dudar de mi misma.
domingo, 3 de abril de 2011
el amor es debilidad, por eso el corazón de rompe tan fácilmente.
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